En la tradición ortodoxa, la oración no es una práctica opcional ni un simple recurso para “sentirse mejor”, sino el centro mismo de la vida cristiana. A través de la oración, el creyente entra en relación viva con el Espíritu Santo y aprende a vivir cada instante en la presencia de Dios.

Los santos de la Iglesia han enseñado que la meta última de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo, es decir, dejar que el Espíritu de Dios habite en nosotros, nos purifique y nos transforme desde dentro. Esta “adquisición” no significa poseer a Dios como si fuera un objeto, sino entregar nuestra vida a su acción, de modo que nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad se vayan conformando a Cristo.

Dejar de vivir para “mí mismo”

La oración ortodoxa nos educa a pasar del “yo” cerrado en sí mismo a la persona abierta a Dios y a los demás. Poco a poco, el cristiano aprende a poner en segundo plano su egoísmo, sus caprichos y sus miedos, para que el Espíritu Santo pueda actuar en lo más profundo de su ser.

Lejos de destruir nuestra personalidad, la gracia del Espíritu la restaura y la plenifica: cuanto más se deja guiar por Dios, más auténtico, más libre y más verdaderamente humano se vuelve el creyente.

La oración en la Iglesia Ortodoxa

La vida cristiana como adquisición del Espíritu Santo

Palabras, silencio y presencia

En la Iglesia Ortodoxa, la oración adopta muchas formas:

la solemnidad de la Divina Liturgia,

la belleza de los himnos y salmos,

la oración personal en casa junto al icono,

la invocación constante del Nombre de Jesús.

Con el tiempo, la oración puede ir haciéndose más sencilla y más interior. Muchos santos describen un tipo de oración en la que casi no hacen falta palabras, porque el corazón entero se mantiene en silencio reverente ante Dios, como un hijo que descansa en los brazos del Padre. Esta es la experiencia de la llamada oración del corazón, muy presente en la tradición hesicasta.

Pero la Iglesia nunca contrapone este silencio interior a la vida litúrgica: al contrario, la oración del corazón nace y se alimenta de los sacramentos, de la participación en la comunidad, del ayuno, del arrepentimiento y de las obras de misericordia.

La meta: vivir en el Espíritu

El fruto de este camino de oración es una transformación interior. El Espíritu Santo, recibido en el Bautismo y en la Crismación, va manifestando su presencia en la vida del creyente:

paz profunda en medio de las dificultades,

amor más puro hacia Dios y hacia el prójimo,

luz para discernir la voluntad de Dios,

fuerza para vencer el pecado y empezar de nuevo.

La oración se convierte así en el camino privilegiado hacia la unión con Dios, aquello que la tradición ortodoxa llama theosis, la participación en la vida divina por la gracia del Espíritu. No se trata de una experiencia reservada a unos pocos “especialistas de lo espiritual”, sino de la vocación de todo cristiano que, paso a paso, quiere vivir en Cristo y dejar que Cristo viva en él.

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